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El infierno del rodaje de Las Brujas de Eastwick: el insulto de Cher, la acusación de Michelle Pfeiffer y los delirios de los productores

Rodrigo Fresán cuenta que en 1984 al escritor John Updike “lo acusaban de ser un misógino falo que escribe”, así que decidió callar a sus detractores publicando Las Brujas de Eastwick.

El libro (alerta spoiler) narra la historia de Alexandra Spotford, Jane Smart y Sukie Rougemont, tres divorciadas que viven en un pueblo olvidado y que, además de dotes artísticas, cuentan con poderes sobrenaturales. Al conocer al misterioso Darryl Van Horne, todo cambia. Updike logra mostrar un universo femenino vital combinado con humor, una dosis justa de maldad y una leve fragancia a azufre que se convirtió en best-seller y atrajo la atención de Hollywood.

Los productores Neil Canton, Jon Peters y Peter Guber compraron los derechos para llevarla del libro a la pantalla. Pero la adaptación cinematográfica, protagonizada por las sensuales, bellísimas y rulosas Cher, Michelle Pfeiffer y Susan Sarandon, más las cejas y sonrisa de Jack Nicholson, provocó el disgusto de Updike. “A medida que se suceden las escenas de esta vulgar e incoherente fantasía, cuanto menos se parece a mi libro, mejor me siento”, comentó, letal.

Además del enojo del autor, Sarandon acusó a Cher de robarle el papel, Cher acusó a los productores de querer descartarla por “vieja” -había cumplido 40 años-, los productores acusaron al director de inútil y Nicholson no acusó a nadie pero salvó la película con un consejo y terminó con una decisión: nunca volvería a trabajar cinco días por semana.

Tres años después de la publicación, Cher anhelaba protagonizar Brujas. Había cumplido 40 y tenido una fiesta maravillosa, se sentía espléndida. “Me fui a dormir, soñando con estos fabulosos pensamientos sobre tener 40 años, y estaba todo bien. Iba a hacer todas esas películas y me sentía muy feliz por todo ello. Pero a la mañana siguiente mi teléfono comenzó a sonar y el tipo me dijo: ‘Hola, Cher, soy George Miller’”. El director australiano se había hecho conocido por dirigir Mad Max 1 y 2 y ahora filmaría Las Brujas de Eastwick. “Entonces me dijo: ‘Mira, solo quería llamarte para decirte que no te quiero en mi película y tanto Jack Nicholson como yo pensamos que eres demasiado mayor y que no eres sexy’”, contó Cher, según The Hollywood Reporter.

La charla siguió y Miller, más que como un profesional se comportó como un grosero troglodita. Con crueldad disfrazada de sinceridad le lanzó: “Odio cómo caminas, odio cómo hablas, no me gusta tu color de pelo y no me gustan tus ojos”.

Ante estos comentarios Cher podría haberse paralizado, pero ya sabemos que no hay mejor defensa que un buen ataque y fue lo que hizo (y lo bien que hizo). ”Le dije: ‘Mira, hijo de...’ -sí, dije la frase entera-. No he salido de debajo de las piedras. Fui nominada a los Oscar por Silkwood. Y gané el premio de mejor actriz en el Festival de Cannes. Así que, ¡adiós!’”. Días después la llamaron para avisarle que el papel de la escultora Alexandra Medford era suyo.

Sin saber de esta conversación, en otro lado de la ciudad, Susan Sarandon se preparaba para interpretar a Alexandra, practicaba el uso del cincel y la manipulación de la cerámica cuando sonó su teléfono. Era el guionista Michael Cristofer que le anunciaba que Cher le había arrebatado el papel y que ahora sería Jane, una maestra de violonchelo. “De repente tuve que aprender a tocar el violonchelo y nunca en mi vida había tocado un instrumento. Dijeron que me demandarían si me iba, ¡así que no tuve muchas opciones!”.

Mientras Cher respondía insultos y Sarandon tomaba un curso acelerado de violonchelo, Michele Pfeiffer se quejaba con su amigo Wally Nicita, director de casting de Warner, de que no había buenos papeles para mujeres. Él le sugirió que leyera el guion de Las Brujas de Eastwick y además la recomendó a Michel, que la eligió como tercera bruja. Durante dos semanas ensayó su rol con Jack Nicholson. Cuando terminaron el actor le obsequió un reloj que encargó especialmente con un diablo rojo en la esfera.

Elegidas Cher, Sarandon y Pfeiffer, lejos de competir pronto se hicieron amigas. Compartían vestuario, charlas y consejos sobre cómo lidiar con las uñas postizas que debían llevar y sus cambios de look capilar. Las tres empiezan prolijamente peinadas, pero con la llegada de Daryl, sus cabelleras se llenan de rulos indomables. Un volumen capilar que se asocia con esa libertad sexual que empiezan a disfrutar de una manera tan sutil como definitiva.

Pese a que las tres sabían de su valía como actrices desde el principio les quedó claro su rol en la historia. “Jack Nicholson era la estrella y nosotras los adornos del decorado. Todas hicimos bien nuestro trabajo pero la película no versaba sobre nosotras sino sobre él”, diría Cher. Lo que cobró cada uno también lo refrendaba. Por su trabajo ella percibió un millón de dólares y él, seis.

Nicholson no solo era el gran protagonista, también uno de los mejores actores del planeta que además cargaba con una historia personal digna de una novela. El día que su hermana Juno murió de cáncer supo que la mujer que creía su madre en verdad era su abuela, y la que siempre creyó su hermana era su verdadera madre. Semejante secreto familiar le fue revelado a los 37 años.

Ahora ya tenía 50, su historia familiar asumida y fama de actor que se esmeraba en sus papeles. Para hacer el esquizofrénico de Atrapado sin salida vivió en un neuropsiquiátrico y para su detective de Barrio Chino, como le rompían la nariz no se sacó la venda ni un momento ni siquiera fuera de la filmación. Por más que muchos lugares sean un infierno y algunas personas auténticos demonios para encarnar a Daryl Van Horne, solo leyó varios libros sobre brujería medieval y el Infierno, de Dante Alighieri.

Tratándose de una película donde el diablo era protagonista resultaba lógico que si no metía la cola, causara problemas. Como relata el sitio Películas de Culto, el primer inconveniente surgió con la locación elegida. Después de recorrer tres mil kilómetros por el noreste de Estados Unidos buscando un poblado con una iglesia blanca y un centro comercial minúsculo dieron con Little Compton, en Rhode Island. Sus habitantes estaban felices de compartir sus días con varias estrellas de Hollywood. El problema surgió cuando se enteraron de que la película trataba de brujas y demonios, y como había una comunidad religiosa muy presente, les dijeron “chau chau, adiós”.

La producción se trasladó a Cohasset en Massachusetts. Con el pueblo elegido, tres coprotagonistas femeninas amigas y un actor protagónico compenetrado y sin aires de divo, Miller, el director del filme, pensó que su trabajo sería un placer y no una condena. Pero otra vez el diablo metió la cola.

El primer problema fue que sus deseos no se transformaban en órdenes. “El estudio Warner Bros. no me daba los recursos que pedía. Es decir, si necesitaba 50 extras, me daban una docena; si quería dos cámaras enviaban solo una. Fue difícil hacer que me escucharan”, reveló el australiano para Yahoo Entertainment.

El segundo problema fueron Guber y Peters, los productores, que estaban más interesados en hacer un exitazo de taquilla que una buena película. Aliens acababa de estrenarse y Peters quedó impactado por la recaudación. El lunes entró al estudio diciendo: “Tengamos una escena de terror como la del alien”. Acompañado de un especialista vestido de alienígena interrumpió el rodaje para exigirle a Miller que lo colase en alguna escena. A todos les resultaba una idea absurda pero el productor insistía tanto que el director y Nicholson abandonaron el set como señal de protesta y no volvieron hasta que Peters descartó la idea.

La cosa no terminó ahí. “Al siguiente fin de semana, cualquiera que fuera la película número uno en la taquilla, él quería algo de eso. No había lógica en ello, era como un niño en una tienda de caramelos que no sabe qué caramelo tomar”, recordaría enojado el director.

Los buenos modos de Miller fueron confundidos con debilidad. Al escuchar a los productores decir que había que reducir el presupuesto ofreció espontáneamente prescindir del lujoso tráiler que le asignaron como oficina y lugar de descanso. Esto no fue tomado como un gesto de generosidad sino como falta de autoridad y cada vez que pedía algo la respuesta que recibía era un no.

Los productores se empeñaron en llenar la película de sofisticados efectos visuales que no solo aumentaban el presupuesto, también alejaban la visión intimista que le quería dar el director. “Asumieron que los efectos eran algún tipo de seguro y por eso querían más y más”, afirmaba Miller. El gerente de la compañía encargada de los efectos visuales de la película concordaba con Miller “no necesitas efectos especiales cuando tienes a ¡Jack Nicholson!”, le argumentaba a los productores.

Las actrices también debían enfrentarse con cambios de último momento, órdenes, contraórdenes y jornadas agobiantes. Tanto que cuando Cher, grabó una escena en una cama llena de serpientes, soltó un irónico: “¿Cuál es Jon Peters?”.

La situación era cada día más conflictiva. Miller estaba desesperado y en medio de su angustia, una persona lo rescató. No se trató de un veterano técnico ni un convincente gerente de marketing sino de un actor al que lo demás miraban como si fuese el Lincoln Memorial: el mismísimo Jack Nicholson.

El protagonista de El resplandor se acercó al director y lo aconsejó: “Mirá, George, hay personas que confunden la cortesía con la debilidad. Siento que tenés que hacerles pensar que estás un poco loco”. Le dio un consejo práctico: cuando no conseguía lo que pedía, lo que debía hacer era abandonar el set cada vez que aparecían los productores. Así lo hizo. “No llegaba a las grabaciones, y los tenía llamándome desesperados desde el estudio”.

Si billetera mata galán, los productores deben haber pensado que también mataba enojo de directores. Decidieron reemplazar a Miller, pero cuando Nicholson se enteró les dijo que sí, que no había problemas que lo despidieran nomás, que ellos tenían la sartén por el mango, pero que se fueran buscando a otro protagonista porque se bajaba del proyecto.

Al terminar de filmar no terminaron las discusiones. En el original las tres brujas descubrían que Nicholson era el diablo. A Peters le pareció poco espectacular e ideó la secuencia en la que el actor se transforma en un demonio gigante que destroza su casa. A Miller le pareció un espanto y lo hizo saber. “Les dije: ‘Gente, esto no va a funcionar, esto es un disparate’”. Pero no fue escuchado. Queda a criterio del lector decir si llevaba razón o no.

La película se estrenó el 12 de junio de 1987 y logró recuperar lo invertido y un poco más. La experiencia fue tan poco placentera que su director abandonó Hollywood por varios años. “Para mí, el cine es un pasatiempo, no una vocación, es triste decirlo: Brujas me hizo perder mi curiosidad por ello. Hice la promesa de no dirigir otra vez hasta que fuera llamado, ser movido por un impulso artístico en lugar de la necesidad de un trabajo”, explicaría su decisión.

Nicholson quedó tan agotado que a partir de entonces estipuló por contrato trabajar solo cuatro días por semana. Hoy, para algunos cinéfilos los méritos artísticos de Las Brujas de Eastwick pueden ser dudosos. Sin embargo, no se puede negar que en un mundo que suele exigir cabelleras lacias, lograron imponer a tres mujeres que lucían escandalosos rizos de connotaciones orgásmicas. En el reinado de planchitas y antiguas tocas, ellas lograron que las permanentes se vieran no solo atractivas sino que se convirtieran en el distintivo de la progresiva desinhibición de tres hermosas mujeres y un afortunado, afortunadísimo diablo.


Fuente: Infobae

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