La imagen muestra la puerta de una escuela derribada por padres de alumnos de esa misma escuela, que luego atacaron a los docentes. La supuesta causa de “la furia” es que responsabilizan a las autoridades de la escuela por no impedir que dos alumnas se golpeen furiosamente a metros de su escuela. Las noticias, las redes, muestran las escenas de esa pelea.
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Rápidamente en otra escena, una noticia cuenta que en otro lugar alumnos “festejan” su fin de curso con una pelea tan violenta como la anterior, mientras un círculo de sus compañeros filma con sus celulares. Otra situación del mismo tipo en Córdoba tiene un final trágico: una persona que intenta separar a los alumnos-combatientes, es apuñalada y muere.
El fenómeno se presenta todos los días también en otros escenarios: un semáforo que tarda en arrancar, una maniobra brusca, insultos, y ya dos personas en el medio del tránsito de la ciudad golpeándose, mientras otros filman y suben el material a la redes o la envían a los medios.
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Todos los días de un segundo a otro, lo que era un roce trivial una discusión, se transforma de manera inmediata en una escena de riesgo con un final muchas veces trágico. Después, el video aparecerá en redes con una etiqueta que ya parece un género de la narrativa urbana: “un día de furia”.
Esta semana, cinco personas atacaron
Esta semana, cinco personas atacaron a golpes y patadas a dos hombres en pleno centro de la ciudad de Córdoba (captura video)
La violencia aparece instalada como constante y no excepción, ya que no son episodios aislados sino una nueva forma de convivencia o quizás peor, un diálogo en ausencia de palabras.
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Ocurre en el tránsito, en filas de comercios, en escuelas, en el transporte público, aeropuertos, etc.
A su vez se reproduce miles de veces, se comparte, comenta, se condena o, por el contrario, en algunos grupos lo celebran y validan a veces como respuesta justa ante un hecho considerado injusto, y donde la violencia aparece como sustituto de la ausencia de justicia.
La furia dejó de ser un desborde privado y excepcional para convertirse, en muchos espacios, en el idioma por defecto de la vida pública en sociedad.
¿Por qué pasa esto? Una lectura desde el funcionamiento de nuestro sistema nervioso, desde la neurociencia, permite explicar de manera bastante clara estos estallidos de ira. Una pequeña estructura del lóbulo temporal, la amígdala, detecta una amenaza real o imaginada y activa el hipotálamo y el sistema nervioso autónomo.
Así, para hacer frente a esa amenaza el corazón se acelera, sube la presión arterial, la respiración se acelera, los músculos se tensan. Todo esa respuesta está programada para nuestra supervivencia, correr, huir, atacar, cualquier salida que nos proteja.
El mes pasado en La
El mes pasado en La Plata alumnos se pelearon en la puerta de un colegio y dos maestras terminaron heridas (Infoplatense)
En condiciones normales, la corteza prefrontal, nos permite contextualizar, valorar de manera adecuada si es un peligro de magnitud, si la amenaza es real, o es imaginaria, si la respuesta autonómica es más ligada al temor, o a la realidad de la situación.
Al mismo tiempo, nos permite anticipar cuáles son las consecuencias, de las diferentes opciones, por ejemplo atacar, huir etc. Todo eso ocurre de manera instantánea, pero si este mecanismo de control es superado por los primarios, el campo de conciencia se estrecha y toda esa evaluación desaparece para dejar paso al sistema de supervivencia básico.
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